SOBRE EL CONCEPTO DE DESARROLLO

         Conviene volver a decir que el valor económico, en cuanto relación, es una ordenación de una cosa a otra. Una ordenación, en último término, de una cosa al hombre, a sus necesidades, a sus objetivos. El valor de algo no tiene otro ser que el de dirigirse a su término y proyectar éste sobre el origen que se valora; es la mera orientación hacia el hombre y de su fin hacia el objeto, es un “hacia el hombre” y “desde el hombre”, una tensión. El valor de algo podemos decir que es su grado de humanidad. El valor no es ni el sujeto de la relación ni su término, sino algo por lo que aquél se orienta a éste.

         Una confusión generalizada a efectos prácticos, y también teóricos, en nuestra economía cotidiana, es la de identificar la relación con el objeto origen que valoramos. Tal confusión lleva a identificar crecimiento y desarrollo económicos con incremento cuantitativo e indiscriminado de productos. Cuanto mayor es la producción de bienes, mayor es la utilidad que nos reportarán. Cuanto mayor cantidad de bienes a nuestra disposición, mayor bienestar, mejor situación.

          El acontecer económico se presenta así como una irrefrenable carrera hacia la producción de cada vez mayor cantidad de bienes físicos sin tener demasiado en cuenta su grado de ordenación a las auténticas finalidades humanas, su grado de humanidad en definitiva. Priman en la producción los factores cuantitativos sobre los cualitativos. El ciclo vital de los bienes producidos cada vez es más corto. Nos encontramos en la civilización de lo efímero, como indicara Bertrand de Jouvenel, donde no se produce con carácter de permanencia ni con sentido de futuro sino con el único objetivo de satisfacer deseos coyunturales de consumo, improductivo muchas veces, que destruye rápidamente la producción anterior, exigiendo un renovado impulso de producción efímera.

       Las necesidades materiales más perentorias son presupuesto para las necesidades superiores, menos materiales, más sofisticadas. Cuando se ha llegado a una situación en que las necesidades primarias están cubiertas, lo importante ya no es crecer en términos de mercancías físicas. Lo importante empieza a ser el qué, cómo y para qué se utilizan esas mercancías, la calidad, la adaptación mayor o menor a los auténticos fines. No se trata de producir más, sino de producir mejor, y de usar idoneamente lo que se produce. Lo importante no es el cuánto sino el “para qué”. Lo verdaderamente importante es el modo como utilizamos lo que tenemos.

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